9 de mayo de 2017

Vivimos

Fue tan real como perfectamente imaginario
Aquel período de tiempo de tan solo un momento
En el que tuve todo lo que quise
En el que te quise más que todo
En donde me regalaste la luz sin saberlo.
Sin enterarte nos alumbraste
Mientras recorríamos el oscuro sendero
a tropezones y risotadas contagiosas
dejando atrás la noche oscura
redescubriendo el día



Fue anoche nuestra mejor historia
que sucedió fuera de tan solo letras
lejos de la imaginación
tan cerca de la realidad
que resulta difícil creerlo
y me resulta difícil creer
en que aquí estuviste
y viviste
y vivimos
y reviví.

30 de abril de 2017

Lo que revelan sus ojos

Tengo en mi poder uno de los más grandes tesoros que pude haber recibido de una persona que me gustaba, con quien cuya posibilidad de obtener algo más que aquellas fotos tan valiosas era imposible...

Estuve una semana pensando en cómo abordarle de una manera en que pudiera hablarle naturalmente sin mostrar mi estado nervioso.
Cuando llegó a mi casa se sentó en el sitial de siempre, a un costado de mí, con su abrigo sobre las rodillas y la vista hacia el frente sin mirar nada específico.
Le miraba de reojo, como solía hacer furtivamente esperando que nunca lo notara más de la cuenta. Disfrutaba verle, como un deleite personal que satisfacía mi ansiedad de querer algo de él.
Cuando tenía oportunidad de hablarle me perdía un par de segundos en sus ojos, un período corto, lo mínimo suficiente para grabar esa imagen en mi sin que él notara algo extraño y continuar viéndole desde la imaginación.
A veces lograba hacerle sonreír, y entonces lo miraba directamente a la cara, disfrutando un poco más que sus ojos, y sentirme por un instante en pleno paraíso, vaciando mi ansiedad completamente con aquella preciosa sonrisa que era solo para mí.
Y me embriagaba con su esencia, con su mirada de duda cuando levantaba la vista y su sonrisa, volviéndome cada día que le veía más adicta a su presencia.
Comenzaba a necesitarle cerca cada vez más.

Saqué mi cámara fotográfica de su envoltorio y la dejé a la vista sobre la mesa.
Inmediatamente comenzó a sentir interés por ella, enfocando su curiosidad en aquel objeto que yo poseía y a través del cual yo había logrado cierta atención de su parte.

-"¿Te puedo tomar una foto?" Le pregunté con cuidado sin pretender asustarle.
Me lanzó una mirada indecisa y por un pequeño momento me perdí en esos ojos que yo quería capturar por siempre para mi.
-"No te preocupes, únicamente quiero tomarle fotos a tus ojos. Quiero realizar una macro que abarca solo eso. No saldrá el resto de tu rostro."
Eso parecía aliviarle un poco. Me temía que era la clase de persona que odiaba que le tomaran fotos.
-"Está bien." dudó, "¿qué debo hacer?"
-"Quédate quieto. Acercaré el lente a tu ojo con una distancia de cuatro centímetros. Evita moverte o pestañar. Debes quedarte lo más quieto posible. Mira hacia el frente. Será un tiempo corto. Te diré un par de cosas, las cuales debes oír con atención, y a medida de que las escuches, capturaré las fotos."
Me sentí feliz de tener aquel momento que tanto había deseado. Al fin lo tenía únicamente para lo que yo quería; capturarle para mí.
Le advertí que para la sesión debía acercar más luz a su cara.
Tomé una lámpara, levanté la pantalla y le iluminé la cara. Encandilado cerró los ojos e hizo una mueca.
-"Lo siento, trata de acostumbrarte a la luz, y aguanta un minuto. No mires directamente la foto, enfoca la mirada por encima de él. Necesito que entre luz a tus ojos."
Claramente la luz revelaría todo lo que yo quería saber de él; aquellas emociones que ocultaba tras una mirada que no revelaba nada. Cuanto deseaba descubrir ante la luz que yo no le era indiferente.
Levantó la vista hacia la pantalla oscura de la lámpara y yo me acerqué a él. Me senté a su lado, acerqué el lente a sus ojos y lo giré, acercando la imagen en un zoom.
Lo veía tan cerca desde la mirilla de la cámara que podía ver cada poro de su piel. Cada bello de sus pestañas era entonces grande ante el lente macro de mi enorme cámara.
-"Deja la mirada quieta." Le dije y me obedeció.
Su ojo estaba cerca, tan grande que abarcaba todo el área de la futura foto. Sus pestañas largas y peinadas esperaban en una perfecta fila.
Tomé una foto. La primera foto en estado normal. "Uno" contaba en mi mente. Debía mantener un orden en los números para luego analizar cada foto en grande desde mi computador.

-"Te contaré tres cosas diferentes. En todas ellas debes mantenerte quieto y aguardar la misma postura. No mires hacia otro lado."
Levemente asintió sin perder el enfoque hacia el punto por el cual se había decidido.
-"Primero; Imagínate que estás en tu casa junto a tu familia y hermanos. Imagina que tu hermana menor va a tomarse un baño. Llena la tina de agua tibia, cierra la puerta y no vuelven a saber de ella durante algunos minutos. El tiempo pasa, y a medida que avanzan los minutos tu madre se molesta porque ya está demasiado tiempo en el baño. Le grita por la puerta que se de prisa y espera otros minutos. Finalmente decide entrar al baño porque ha pasado alrededor de una hora." Tomé otra foto, van dos. "Tu madre abre el seguro desde afuera y entra al baño enojada. Pero al entrar se escucha un grito alarmante de su parte. Asustado vas a preguntarle que sucedió. Tu madre sale del baño con la cara blanca y te dice entre susurros tartamuda que tu hermana ha muerto. Va a buscar unas toallas, envuelve a la chica en ellas y le ayudas a retirar el cuerpo de la tina. Tu hermana ya no vive, dejó el mundo con una mueca triste en el rostro. Tu desesperación en ese momento aumenta." Otra foto, van tres. "Y entonces comienzas a llorar." Otra foto, van cuatro.
Tres fotos por historia serán suficientes para el análisis.

Retiro unos centímetros la cámara y él ladea su rostro y me observa asustado.
-"¡No te muevas! Te dije que solo serán pequeñas historias. Por favor olvida lo que acabo de decir, ya está logrado. Ahora imagina pasteles rosas y gatos trepando árboles para dejar esa espantosa imagen atrás.
Él sonrió levemente.
Acerco mi cámara nuevamente a la misma distancia anterior y verifico que los ojos están a la misma posición anterior.

-"Ahora imagina otra situación; Piensa en el diario trabajo, en tu escritorio, en tus papeles aguardándote y en los números que sueles escribir en las planillas de cálculo. Imagina que una columna de la planilla se va llenando de números." Quinta foto. "Imagina que luego de treinta números eliges el último cuadro y realizas la suma de todos los números que se encuentran en la columna. Imagina que ese número aumenta en nueve dígitos en comparación con los números anteriores. Es un número muy grande, pero la planilla automáticamente lo ordenó con sus respectivos puntos, haciéndolo reconocible y capaz de leerlo." Tomé otra foto, van seis fotos del mismo ojo. "Ahora imagina que envías la planilla a la impresora e imprimes el cuadro con los números." Va otra foto. "La impresora imprime una hoja. Te levantas a tomar la hoja y te das cuenta que no era la que querías imprimir, y esperas por la siguiente. Sale la siguiente hoja y ésta vez tampoco es la tuya. Salen cinco hojas distintas hasta que aparece la tuya; el cuadro con la suma de los treinta números. ¿Recuerdas cuantos dígitos tenía la suma del total?" En aquel momento tomé la séptima foto. El experimento con la segunda historia finalizó con éxito.

-"¿Cómo te sientes? ¿Estuvo muy aburrido?" Bromeé y el esbozó una sonrisa sin quitar su mirada hacia el punto comprometido. Inmediatamente proseguí a la tercera historia antes que pasara demasiado tiempo para dejar de hacer efecto mi experimento.
En aquel momento su rostro estaba relajado y cómodo en modo de espera. Con la historia anterior, varios músculos de su cara se habían tensado.

-"Continuemos con la tercera historia. Recuerda que éstas solo son historias y son necesarias para las fotos. Imagina una situación como ahora; estás sentado allí y yo estoy en el sofá. Entonces me acerco a ti y te pregunto si deseas tomar un té. Voy a la cocina a calentar el agua enchufando el hervidor. Regreso hacia ti y me siento a tu lado. Te digo que debo decirte algo importante." Enfoqué la cámara. "Tengo que confesarte que me gustas." Tomé la octava foto. "No estaba muy segura de lo que tú sentías por mí pero que aquello no me preocupaba. Me acerqué a tu rostro, coloqué mi mano bajo tu mentón y te acerqué a mí." Novena foto. "Y entonces te mordí los labios. Creo que te gustó. Dime, ¿Te gustó?" Rápidamente tomé la décima foto e hice una pausa silenciosa.

Desconcertado por aquella pregunta giró levemente hacia mí. Sentí el éxito rebosar mi felicidad y enfoqué el lente hacia el nuevo ángulo que él me ofrecía; su ojo de frente. Tomé una ráfaga de fotos de al menos siete fotos continuas.
Luego bajé la cámara satisfecha, y algo nerviosa por expresar la última historia.
Me quedó mirando en silencio con expresión de duda. Bajé el rostro enfocando mi atención a la cámara y obligándome a actuar con naturalidad
-"¿Ves que no fue tan difícil? Son solo historias, me ayudan a capturar los ojos junto a sus pequeños cambios que van generando dichas historias."
Noté que los músculos de su cara se habían tensado nuevamente y que su expresión seria ocultaba algo de nerviosismo. Sonreí y me levanté camino a la cocina a buscar el agua caliente y el té.

Tengo en mi poder uno de los más grandes tesoros que pude haber recibido de una persona que me gustaba, con quien cuya posibilidad de obtener algo más que aquellas fotos tan íntimas, era imposible. Y digo íntimas porque aquellos ojos luego me revelaron lo que yo quería saber; su corazón me correspondía y sus pupilas me lo revelaban. Ante la gran pantalla de mi computador y la soledad que me rodeaba analicé cada detalle y cambio producido por historias, enumerando las fotos según su orden. En las últimas fotos expresaban algo especial que no se explicar con palabras pero que sé perfectamente lo que significan. La primera foto era como las miradas que dirigía hacia todo el mundo. Las tres siguientes notaban atención y susto. Las tres siguientes volvían a expresar una mirada normal. Las tres siguientes mostraban alerta, susto, interés, exaltación y turbación. Continuaban fotos que expresaban un secreto revelado, la posibilidad de algo. La posibilidad que yo en el fondo deseaba, pero a que a pesar de ese deseo ansioso, evitaba que se realizara. Había cosas que no debían suceder. Había gente que únicamente se podía disfrutar externamente y cuya imagen deleita el alma y alimenta los sueños.
Así como existían las flores, cuyos cultivos se destinaban únicamente a los floreros y a la admiración de quienes disfrutaban de su belleza. Un hombre para un florero, o una colección de hombres para un florero. La admiración hacia un ramo de flores en un florero no hace daño ni perjudica a nadie. Tan solo levanta el ánimo de su admirador y endulza la vida de su devoto aficionado.


Nunca se lo conté.


27 de marzo de 2017

Capítulo IV: Identidades duplicadas

Alek no me había hecho demasiadas preguntas en relación a mi visita a Amin. Probablemente imaginaba que yo tuve una cita con alguien, por extraño que fuera el encuentro.
-“Dile que para la próxima te invite a una cafetería, será un lugar público y las citas en lugares públicos son más seguras.”
No le repliqué nada. No quería compartir mi nueva actividad con nadie.
No solía contarle a la gente que gozaba de gran imaginación para rastrear a personas. Lo había hecho un par de veces hacía tiempo atrás, y en algún momento me prometí no volver a hacerlo. Por un lado agotaba mucho estar pendiente del rastro que deja la existencia de alguien y por otro lado atentaba contra mi ética, por acceder a la privacidad de los demás, aunque me trataba de convencer que toda la información encontrada estaba accesible, por lo tanto era material público.
Revisé la base de datos del ministerio de transportes. No eran datos públicos, pero acceder a ellos no era difícil, pues el estado no invertía en infraestructura de calidad, por ende las brechas de seguridad eran muy grandes, lo cual facilitaba su acceso.
La última renovación de la licencia de conducir Armand Ilarianni fue hace dos años. Busqué el historial de renovaciones pero no lo encontré. No había ningún registro que indicara que obtuvo el documento formalmente.
El documento de la licencia de conducir tiene un periodo vigente de seis años. Más dos años de renovación suman ocho años de vigencia total. Hace ocho año debió haber sido registrado en la base de datos. Por alguna razón ese registro no existía.
La foto de la licencia de conducir mostraba aquel mismo sujeto que había encontrado en mi primera búsqueda.
El servicio de transporte del tren almacenaba un registro de las personas que habían acudido a comprar una tarjeta recargable. Aquella tarjeta mostraba el nombre, el número de identificación y en algunos casos una foto.
Guardé el resultado de mi búsqueda y anoté el número de tarjeta que poseía. Chequeé el saldo que contenía la tarjeta, y estaba en cero. Armand Ilarianni no frecuentaba viajar en tren. Probablemente tenía vehículo propio o prefería las líneas de buses públicos.
No tenía acceso al registro de compras de vehículos, por lo que desistí de este plan. Traté de buscar entre las compras de seguros anuales para vehículos pero tampoco logré obtener accesos. Lamentablemente esta clase de seguros no era de los que él vendía, por lo que perdería mucho tiempo en averiguar donde se encontraría tal registro de datos.
Ingresé al sistema nacional de deudas pero el número de identificación no me arrojó resultados; Armand era una persona responsable en relación al pago de sus cuentas.
Descarté la idea de averiguar los datos en los bancos, pues éstos si invertían en infraestructura segura.
Finalmente me propuse a realizar lo pedido por Amin, aunque no me gustaba aprovecharme del acceso que alguna vez tuve en el registro civil.
Conocía sitios de bases de datos públicas en donde recopilaban todos los datos del registro civil y las copiaban allí, para la vista de todos. Yo me había guiado por aquellos resultados.
Si los administradores de sistema detectaban que una ex funcionaria ingresaba a sus sistemas me encontraría en problemas. Alguna vez tuve que firmar un acuerdo de confidencialidad y ahora lo estaba violando.
Para ello conecté mi red a un túnel que lograba que mi conexión se realizara desde cualquier parte del mundo que yo eligiera. Mi conexión se realizaría desde Rusia, lo cual tenía dos ventajas; Yo nunca había viajado a Rusia ni poseía ningún boleto para allá (en caso de recibir una denuncia), y desde ese país se registraban la mayoría de intentos de accesos no autorizados. Debía parecer un accidente.
Ingresé mis datos y se me abrió el acceso sin problemas. Jamás cerraron mi cuenta lo cual demostraba la mala calidad de gestión de políticas de seguridad informáticas de ésta entidad.
Accedí a descargar todos los certificados que me proporcionaba el sistema; certificado de nacimiento, de matrimonio, de defunción, de antecedentes, de accidentes, de discapacidad, de profesión…
Armand Ilariani había nacido un 25 de marzo de 1985 en la capital. Actualmente tenía 32 años. ¿Era eso posible? No estaba casado, ni muerto, ni tenía discapacidad ni accidentes registrados. No tenía antecedentes penales.
El certificado profesional incluía el historial de estudio básico, medio y superior adjunto a distintos diplomas. Era ingeniero comercial de una reconocida universidad de la capital.
¿Por qué un ingeniero comercial trabajaría como ejecutivo comercial? ¿Tan mal estaba el campo laboral en esta ciudad?
Ingresé a la universidad en la que había estudiado e intenté ingresar con un formato de credenciales genéricas. No logré ingresar con ninguna opción, por lo que felicité a Armand por ser precavido con sus contraseñas.
Le eché un vistazo al historial de noticias de las universidades y a galerías de fotos. El año de titulación de Armand fue hace bastante tiempo, por lo que no iba a encontrar ningún rastro de él en las actividades recientes. Encontré una sección que guardaba con orgullo fotografías de egresados de cada año y sus nombres debajo.
Carrera de Ingeniería comercial generación 2008. Allí había un cuadro con todos los estudiantes que lograron llegar a la meta de finalizar sus estudios aquel año. Descargué la imagen y la abrí en una pantalla externa que era más grande. La resolución de la imagen no era muy grande pero suficiente para analizar los rostros. No encontré el rostro que buscaba, pero en su lugar encontré otro conocido y me sobresalté: Entre el grupo de estudiantes se encontraba nada menos que Amin, sonriendo satisfecho con su disfraz de graduado. ¿Amin?
Revisé nuevamente el diploma de estudios y la fecha coincidía.
Revisé el acceso que tenía actualmente en el trabajo, un acceso a los sistemas del ministerio de educación para realizar mantenimiento en sus bases de datos. No creí que fuera necesario ocupar mi propio recurso para buscar información.
Filtré el nombre de Armand en las bases de datos del sistema de becas y encontré inmediatamente sus datos. ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Los registros estudiantiles existían desde el año 2003, por lo que encontré inmediatamente su solicitud de tarjeta de estudiante. Y allí estaba: Su nombre completo, su número de identificación, el nombre de carrera y universidad y la fotografía; el rostro de Amin.
¿Amin era Armand Marsell Ilarianni Narváez? ¿Entonces quién era el vendedor de seguros? ¿Y por qué la mayoría de sitios de registro de identidad me llevaban hacia el vendedor de seguros?
Esto era lo que Amin quería que encontrara; había superado la segunda etapa.

Había un lugar al que aún no había accedido, y este era el de impuestos; el ministerio de hacienda.
Revisé rápidamente la situación tributaria de terceros con el número de identificación de Armand. Me arrojó un resultado interesante: Armand Ilarianni era dueño de una fábrica de relojes, cuya marca era la misma del reloj que yo había recibido de Amin.
Ingresé a la página web de esta marca y admiré la cantidad de productos que fabricaba; Toda clase de hermosos relojes, estilos antiguos, estilos modernos, relojes de pared, relojes ornamentales, relojes de vestir, relojes de bolsillo, e incluso relojes monumentales… un sinfín de obras de arte dignos de un coleccionista. Entre ellos también encontré mi reloj, aquel que ahora estaba visiblemente situado en los alto de mi mueble.
La marca llevaba más de 100 años funcionando y probablemente los dueños han sido herederos de generación en generación. ¿Era este el negocio de Amin?

No demoré en descubrir que el nombre Amin eran las iniciales de Armand Marsell Ilarianni Narváez. ¿Cómo no llegué antes a esta conclusión? Abrí una foto de cada Armand en mis dos pantallas y comparé sus facciones. Eran dos hombres totalmente distintos, sin ningún parentesco entre sí. Excepto que utilizaban el mismo nombre y el mismo número de identificación, el cual debería ser único por cada persona.
Sospeché de qué trataría la tercera etapa de mi trabajo y analicé si realmente me quería meter en esto. Aún tenía la posibilidad de rechazar la propuesta, decir que no encontré mayor información sobre el nombre y que finalmente no tenía tan grandes habilidades como me había halagado Amin. Cerrar el trato y decidir no continuar con una búsqueda tan extraña.
Pero la emoción que conllevaba el trabajo de realizar esta función me impidió terminar. De cierta forma me encantaba hacer esta clase de cosas.

Ingresé a las páginas de todos los bancos que conocía en la ciudad. En la sección de ingreso de credenciales para las cuentas bancarias bastaba con indicar el número de identificación y cualquier carácter para la contraseña. Con un banco funcionó mi plan. Luego de ingresar varias veces caracteres erróneos en el campo de contraseña, bloqueé el acceso a la banca en línea. Armand Ilarianni se vería obligado a acudir personalmente al banco para restablecer su contraseña y desbloquear su cuenta. Y allí estaría yo, para verlo de cerca. ¿Quien de los dos Armand acudiría?



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Capítulo III: Comienzo de la investigación

Nada era tan simple como averiguar sobre un nombre en Internet.
Mi investigación comenzaría desde el día siguiente de mi visita a Amin.
Llevé mi computador a la sala de estar y me acomodé sobre el sofá. Busqué una canción agradable y abrí el navegador.
Armand Marsell Ilarianni Narváez. El nombre arrojó inmediatamente un montón de resultados; opciones de búsqueda en las variadas redes sociales, apellidos relacionados, empresas con dicho apellido, modelos, personas reconocidas por algún deporte, escritores, artistas, nombres con variantes. Encontré una imagen de un poema de una persona cuyo nombre coincidía con los primeros tres. Dicha persona había muerto hacía medio año atrás. Una foto de un hombre joven sonriendo. ¡Una lástima!
Comencé registrando la gran lista de redes sociales. Encontré inmediatamente su perfil bajo el nombre completo. La foto mostraba un hombre montando un caballo.
Capturé la imagen y la dirección del sitio y los adjunté en una hoja de procesamiento de texto.
La información no mostraba nada relevante por lo que le envié una solicitud de amistad.
Otra red social me mostraba un perfil de la misma persona con una foto distinta. Capturé la pantalla en una imagen por no tener permisos suficientes para capturar el texto y las imágenes de dicha red. Otra solicitud de amistad. Adjunté el sitio bajo el texto anterior.
Luego de capturar la información suficiente de las redes sociales me dediqué a buscar las páginas de registro de personas; empresas de servicios telefónicos, sitios de impuestos, registros de rubros, registros de clientes, mercados en línea, tiendas en línea, universidades, becas, licencias de conducir, licencias de enfermedad, fichas clínicas, concursos, sitios que registran y publican información. Bajo el número de identificación era muy fácil encontrar mayores resultados.
Encontré una dirección, un número telefónico, un puesto de trabajo en una empresa, unas fotografías de su autoría, un comentario de calificación en una página, un registro de rubros anteriores, fecha de nacimiento, e incluso uno de estos sitios calculaba y mostraba la edad actual: 44 años. Profesión: Ejecutivo comercial en una empresa de seguros.  ¡Genial! Nada tan inseguro como ser un ejecutivo comercial y presentarse día a día a miles de personas vía correo electrónico.
Para aquellas actividades yo poseía perfiles de redes sociales y correos electrónicos con nombres distintos al mío.
Abrí uno de esos correos electrónicos, modifiqué la firma y comencé a redactar un correo haciéndome pasar por una clienta interesada en un seguro de vida. ¡Qué ironía!
Mi hoja de textos se llenó de información e hice una carpeta adicional para guardar las imágenes y los recortes en caso de necesitarlos. Archivé la carpeta en una cuenta oculta del sistema operativo y postergué mayores averiguaciones para el día siguiente. Estaba curiosa sobre la respuesta del correo electrónico.
Aquel día me dirigí a una tienda de electrónica y compré un chip. Luego lo activé en mi teléfono bajo un nombre falso. El chip contenía saldo suficiente para realizar un par de llamadas.
Instalé una aplicación que graba llamadas y otra que modifica el tono de voz e hice algunas pruebas. Funcionaba.

Una llamada telefónica interrumpió mi sueño profundo e hizo darme cuenta que me había quedado dormida. Era el día de la semana en que entraba más tarde al trabajo y se me había olvidado programar el despertador la noche anterior.
Armand Ilarianni llamando.
Rápidamente me puse en pie, activé las dos aplicaciones y respondí haciendo un esfuerzo para que no se notara la voz dormida.
-“Buenos días… Si, con ella. Armand Ilarianni, ¿verdad? Si… en realidad estoy cotizando un seguro de vida, pero antes quisiera tener toda la información posible del seguro… a mi correo… ¿Ya lo envió? ¡Genial! ¿Tiene algún número de contacto personal en caso de tener dudas? Gracias. Adiós.”
Darle las gracias fue lo único sincero que he dicho. ¡Y apenas comenzaba el día!
Con prisa me duché y me vestí, y salí de casa sin desayunar. En el trabajo tendría tiempo para un café y para rastrear el número de teléfono personal. Me esperaba un montón de diversión.

Amin significa Sincero, honesto, confianza. “Puedes confiar en mí” dijo inmediatamente luego de darme su nombre. Aquello fue un mensaje oculto. Un nombre intencional, no un nombre verdadero. Aún no sabía nada de él. Estaba buscando información sobre alguien a quien no conocía, pero no sabía nada de quien me había pedido aquel trabajo. Buena técnica de su parte.

Mi visita para Amin estaba acordada para el sábado en la mañana.
Una semana me había servido para conseguir variada información sin dificultad ni habilidades especiales. Llevaba conmigo una memoria con todo lo recaudado para Amin. Consideraba que era suficiente y que no era necesario volver. Yo solo quería saber cómo había ingresado a mi casa, pues eso significaba que mi hogar tenía una brecha de seguridad y cualquiera podría ingresar.

Amin estaba curioso con mis resultados. Se encontraba en su sala de estar junto a su computador portátil. Antes de colocar la memoria dudó un instante y me escudriñó.
-“¿No me habrás traído un virus?”
-“Me habría encantado, pero no tuve el tiempo para dedicarme a ello.” Le respondí.
Sonrió y enchufó la memoria.
-“También sé lo que estudiaste y que para ti no es ningún problema programar uno.”
-“¿Qué sentido tendría? No soy hacker, si eso es lo que crees. Soy una programadora legal.”
Mi comentario debió haberle causado gracia, pero no comentó nada al respecto. Reprimió la risa.
-“¿Me aceptarás un café hoy día?” me ofreció.
-“Si tienes descafeinado, encantada.”
Si tenía, y unos minutos después trajo consigo dos tazas con café y con ellas una expresión emocionada como un niño luego de recibir dulces. Me aseguró que solo era café, sin drogas añadidas.
-“Ni siquiera tiene cafeína.” Rió. “Yo debería estar más asustado de ti, que tú de mí.”
-“¿Por qué?”
-“Porque manejas mucha información.” Musitó en un tono serio. Lo tomé con gracia.

Amin analizó cuidadosamente el material traído, examinó las fotografías, reflexionó sobre la información contenida en los correos.
-“Aquí hay información desactualizada.” Comentó.
Me acerqué y me senté a su lado. “¿Cómo es eso?”
-“La dirección de hogar que encontraste no es correcta. Ya no vive ahí.” Volví a ver la imagen de la casa que había capturado desde Mapas. “Se mudó hace mucho.”
-“¿Hacia dónde?”
-“No me preguntes a mí, ese es tu trabajo. Muy bien. Te agradezco. No hay nada nuevo para mí. Todo lo que encontraste es superficial, y como tú decías, eso lo puede encontrar cualquiera. No utilizaste tus herramientas ni accediste a entidades de información más confiables. Las redes sociales mienten y todos estos perfiles podrían ser fácilmente falsos. Como los tuyos, los que utilizaste para acceder a ellos.”
-“Creí que era esto lo que necesitabas.”
-“Si, en cierta forma lo esperé. La primera etapa de tu trabajo ha concluido. Ahora quiero que comiences con la segunda etapa, y ésta se trata de utilizar tus accesos privilegiados a los sistemas de las entidades de registros de identidad para buscar la información correcta; la que no se publica en las redes sociales ni en sitios públicos. Luego me la traes y yo te diré si hiciste un buen trabajo. Muy bien por hoy. ¿Qué quieres a cambio?”
Confusa lo observé procesando lo que me estaba diciendo. Yo había encontrado la información que él quería y que él sabía que yo iba a encontrar. Ahora quería algo más verídico; exigía los datos del registro civil.
-“¿Debería pedir algo a cambio? Entendí que no conseguí lo que realmente necesitas.”
-“Lo hiciste. Cada etapa tiene su objetivo y su recompensa. Concluiste la primera etapa tal y como lo había supuesto: lograste el objetivo que había determinado para ti. Ahora puedes pedirme lo que quieras.”
-“¿Entonces era una evaluación? ¿Me estabas probando?”
Amin asintió.

-“No quiero nada. Lo que deseé ya lo tengo: un hermoso reloj ornamentado demasiado caro.”
Amin sonrió. “No es caro si compararas ese precio con el de muchos otros relojes que aún no has visto.”
Me despedí con otro objetivo en mente: irrumpir en las bases de datos del registro civil y otras entidades que contenían datos fidedignos.



26 de febrero de 2017

Capítulo II: Visita a un desconocido

Mis cavilaciones no encontraron paz. Me senté a la mesa a observar el reloj y verificar que cada detalle era el mismo que vi en la tienda; cada adorno exquisitamente elaborado para lograr finalmente una obra perfecta. No me atreví a tocarlo.
Mientras tanto repasé mi lista de contactos, llamando a cada ser con quien me había relacionado los últimos días. Alguno de ellos debió haber sido testigo de mi deleite en la vitrina de aquella tienda. Luego se las ingenió para llegar antes que yo a mi casa, y tener el tiempo suficiente de quitar el artefacto de su caja y dejarlo cuidadosamente sobre la mesa mostrando la pantalla del reloj en dirección a la puerta, para obtener su imagen completa apenas entrara.
Ninguno de los llamados, respondió a mi curiosidad. Nadie dio la impresión de saber algo al respecto.

Frustrada extendí la mano y pasé un dedo por cupido. Estaba liso y frío. Su rostro expresaba cierta sonrisa satisfecha, con la mirada dirigida hacia el suelo. Estaba cómodamente sentado sobre el aro, despreocupado totalmente de su procedencia.
Extendí la otra mano y levanté el reloj. Pesaba menos de lo que supuse, por lo que debía de estar fabricado con materiales ligeros. Lo acerqué a mí y lo volteé. Y entonces encontré la respuesta a mi incógnita: Sobre un pequeño papel pegado había escrito una frase y debajo una dirección.
“Ven a verme este viernes a las 19:00 hrs. Sola.”
La dirección era en la misma ciudad, en un sector residencial cercano al mar.
Quité el papel y dejé el reloj sobre el mueble de roble de la sala de estar. Allí combinaba perfectamente, junto a mi colección de antigüedades.
No conocía a nadie que viviera en esa dirección, por lo que el sujeto posiblemente era un desconocido. Busqué inmediatamente mi computador e ingresé a Mapas. Escribí la dirección y me acerqué a buscar la casa mencionada. Recorrí la calle buscando el número, hasta que finalmente encontré una casa al frente de un edificio. Era una vivienda común de dos pisos, del mismo estilo que la mayoría, pintada de un amarillo claro con un pequeño antejardín. El número estaba visiblemente ubicado a un lado de la puerta.

Salí a comprar unas cerraduras nuevas y las instalé la misma tarde.
Tuve visitas en casa y llegaron mis amigos con pizza. Al notar el objeto nuevo se asombraron.
-“¡Vaya! No creí que fueses capaz de pagar ese dineral por comprar esto. Eso va totalmente contra tu estructurado método de vivir.” Dijo uno.
-“Muy lindo, pero ese no es el lugar correcto. Debes comprarte una mesita fina para esto y ponerlo allí.” Apuntó mi amiga en otra dirección.
-“No me gustan demasiado los niños desnudos.” Dijo otro con una mueca, “Si al menos las mujeres de abajo no hubiesen estado en paños…”
Los demás se rieron y luego enfocaron su atención en la pizza.

Al finalizar la velada le pedí a un amigo que se quedara conmigo mientras los demás regresaron a sus casas.
-“Toma asiento.” Le pedí, “Tengo que contarte algo.”
-“Esto parece que es serio.” Esbozó una sonrisa coqueta.
Me senté en el sofá con la tasa de té en las manos y le extendí el papel con la dirección.
-“Necesito que me acompañes a un lugar.”
Alek miró el papel, frunció el ceño y levantó la vista interrogante.
-“¿Quién escribió esto?”
-“No quiero contarte los detalles, pero tengo una invitación de una persona, a quien debo ir a ver. Sin embargo no deseo ir sola…”
-“Aquí dice que debes ir sola.”
-“Si, correcto. La idea es que me acompañes y me esperes en un lugar cercano. Tienes la dirección y sabes dónde queda. Si me demoro más de lo supuesto, entonces vas a recogerme.”
-“No conoces al sujeto, ¿verdad? ¿Con que fin irás a ver a un desconocido?”
-“Necesito que él me aclare algo que debo saber.”
Mi amigo desconfiado me clavó la mirada. Era obvio que no le gustaba el plan. Pero nada podía hacer para retenerme. Si yo quería arriesgarme, era bastante adulta para tomar la decisión.

El viernes fuimos a la dirección mencionada. Alek se quedó a dos cuadras del edificio, oculto tras las casas. Guardé mi teléfono móvil en el bolsillo interno y emprendí camino a la casa amarilla. Me sentí algo nerviosa.
-“Tienes exactamente 20 minutos desde que entres allí.” Me dijo Alek tras de mí.
El día estaba nublado pero tibio. El otoño apenas había comenzado. Encontré la casa inmediatamente, recordando los detalles de la calle que verifiqué en Mapas. Me acerqué al portón y dudé un instante en tocar el timbre. Eran casi las 7 y no podría arrepentirme de mi cometido luego de meditarlo tanto tiempo.
Toqué el timbre y la puerta no demoró en abrirse. Crucé el antejardín y me encontré ante un hombre sonriente. Era alto, tenía el cabello cuidado y largo, y rondaba los 35 años.
Desconfiada entré a la casa. Eché un vistazo al reloj de muñeca y lo cubrí con las mangas.
Crucé un pasillo y llegué a una cómoda sala de estar. Las paredes estaban revestidas de madera, cubiertas completamente de muebles y repisas de madera oscura. Del centro colgaba una lámpara de lágrimas sobre una mesita.
Me invitó a tomar asiento sobre el sofá mientras él tomó una butaca acomodándola al frente mío. La reunión había comenzado.
-“Me alegra que tomaras la decisión de venir.” Me dijo con una sonrisa.
-“¿Entonces me contarás como entraste a mi casa?” Fui directo al grano.
Pero responder mi interés específico no era su finalidad. Me ofreció algo para beber que rechacé.
-“No te voy a envenenar.” Bromeó. “¿Te gustó el obsequio?”
-“¿Cómo lo hiciste?”
-“No lo hice yo. Se hizo en una fábrica de relojes,” Continuó bromeando. “No me has respondido.”
Lo miré muda, analizando sus facciones y postura. Lo primero que yo solía hacer al conocer a alguien nuevo era analizar su persona; la personalidad, el carácter, el tipo de comentarios, el enfoque de interés, la calidad de las decisiones, la respuesta emocional; es fácil determinar una persona en una primera instancia si se tiene la oportunidad de verla actuar de forma natural. Se obtiene inmediatamente un perfil sicológico que aclara la incertidumbre acerca de la fiabilidad del sujeto en cuestión.
No había nada fuera de lo normal en él. Ningún indicio de intenciones alarmantes.

Se encontraba sentado en el sitial, con la mirada fija, la expresión seria, recto y con los dedos entrelazados. El cuadro ofrecía un aspecto interesante, casi atractivo.
-“Te invité a visitarme porque quiero conversar sobre algo importante. Quiero ofrecerte una actividad interesante, algo así como un trabajo para lo cual tienes bastante habilidad.”
-“Cuéntame.” Le invité a proseguir.
-“Sé que buscaste mi casa en Mapas antes de venir.” Sonrió “Eres del tipo de persona que habría buscado datos sobre mi si te hubiera dado mi nombre. Me puedes llamar Amin; puedes confiar en mí.”
-“¿Amin?” Pregunté extrañada.
-“¡Si! Es un diminutivo. ¡No lo desprecies!” Hizo una pausa. “Quiero contratarte para esa clase de servicios.”
-“Creo que no acabo de entender…”
-“Estás ligada al mundo digital. Trabajaste anteriormente para la entidad del registro civil. Ahora trabajas para el ministerio de educación. Sé que tienes acceso a sistemas y bases de datos de registros de personas, y que además no has perdido esos accesos.” Destacó.
-“¿Cómo sabes eso?”
-“Nunca importa como sabemos las cosas, sino para qué las sabemos. Con qué fines guardamos información. Y la finalidad te la estoy revelando. Necesito tu ayuda. Aunque no tuvieses acceso a dichos servidores, aun así me interesarías.  No me puedes negar tu gran habilidad para encontrar información en Internet. No es necesario que te mencione ciertas personas a quienes haz espiado…”
-“¡¿Qué estás diciendo?!”
-“¡Vamos! No tiene nada de malo buscar información sobre cierto adjetivo, pronombre… sustantivo. Y hay personas que tienen más imaginación para búsquedas que otras, por lo tanto encuentran más cosas. ¡No me mires así! No te estoy pidiendo nada fuera de lo normal.”
Levanté la vista en dirección al pasillo por el cual había venido. Me pregunté cuanto rato había pasado desde que crucé la puerta. Amin no me daba la oportunidad de echar un vistazo a mi reloj. Recorrí con la mirada la sala de estar buscando entre los objetos dignos de un museo un reloj que me revelara la hora. Curiosamente no lo encontré. Impaciente me acomodé sobre el sofá.

-“¿Te gustó el reloj?” Insistió.
Volví a enfocarme en su persona y asentí levemente.
-“Si ya sabes la respuesta no deberías preguntar. Aparentemente me conoces mejor de lo que puedo desear. ¿Me dirás como entraste a mi casa?” Suspiré.
-“No. Hay cosas que prefiero mantenerlas para mí.”
-“Es hora de irme.” Dije levantándome. Pero no logré zafarme tan rápidamente. Amin (¿Qué clase de nombre era ese?) se levantó rápidamente, estrechándome las manos palpando levemente mi brazo. Sonrió adoptando una expresión de súplica.
-“Por favor. Te recompensaré. Pídeme lo que quieras a cambio. Solo necesito que realices algo que ya has hecho anteriormente.”
Buscó un bloc y escribió algo en una hoja que luego me estrechó. En ella había escrito un nombre y debajo un número de identificación.
-“¿Qué gracia tiene que además del nombre sepas el número de identificación? Eso es tan simple que lo puedes hacer tu mismo.” Le reproché.
-“Quiero que tú lo hagas. Al fin y al cabo tienes mejores herramientas que yo para hacerlo.” Sonrió insinuante.
-“Si lo hago, ¿Me dirás como ingresaste a mi casa?”
-“te lo diré en cuando obtengas toda la información relacionada con ese nombre.”

Me despedí llevándome el papel conmigo.
Cuando iba saliendo por la puerta, tratando de echar un vistazo a mi reloj, Amin se me acercó por detrás.
-“Además no era necesario que te acompañaran. Te dije que vinieras sola. Tenlo en cuenta para la próxima vez. Yo no muerdo. Tampoco te voy a hacer nada.”
Solté una carcajada y me apuré para salir de aquel sitio con una sensación extraña de nerviosismo y alivio. No pretendía desperdiciar tiempo averiguando como supo tantas cosas.

23 de enero de 2017

Capítulo I: El reloj

Ese asunto del reloj… Aún lo tengo en la sala de estar, sobre aquel mueble antiguo, ornamentado con maderas de roble. Cuando lo descubro, intento  imaginar cómo fue que llegó a mi casa. Realmente nunca lo supe los detalles.

Ya fue hace un tiempo, cuando caminaba aquella tarde después del trabajo por el centro de la ciudad, observando distraída los escaparates de las tiendas del boulevar. No tenía ningún deseo de ver algo específico, por lo que simplemente avanzaba calle arriba en dirección hacia la plaza, para posteriormente tomar el tren a mi casa.
Al atardecer se llenaban las calles de gente; aquellos que salían cansados del trabajo, vendedores ambulantes que vendían toda clase de productos a bajo precio, artistas presentando funciones rápidas, músicos, retratistas, bailarines e incluso transformistas. Un circo callejero.
Había quedado con una amiga en un café, pero por algún motivo ella canceló nuestra cita, por lo que avancé aburrida entre el bullicio.
Pasé por un ventanal en el cual colgaban toda clase de lámparas colgantes, mesitas con pequeñas estatuas, relojes de pared y lámparas de pie. Y entonces lo vi: Un hermoso reloj de un color metálico oscuro, el cual estaba sobre una mesita elegante. Me detuve y lo observé con atención; Estaba ornamentado con dos pequeñas estatuas de mujeres, que sostenían en el centro el círculo del reloj, sobre algo que simulaba un puente curvo, bajo el cual había unos niños exquisitamente tallados. Sobre el mismo reloj había otro niño similar a Cupido con una corona de abetos en sus brazos.
Me quedé fascinada con aquella obra de arte, cuyo precio excedía en gran manera mi presupuesto disponible para un reloj de ornamentación. Mi sala de estar ya tenía dos, uno de pared y otra antigüedad de porcelana heredado de mi abuela. Siempre me gustaron los relojes, pero todos los que he poseído habían sido un regalo de alguien. Este sin embargo era una belleza, un objeto que solo alguien con gustos definidos compraría, más como un adorno que para fines funcionales. Y de todas maneras para alguien que gozaba de un buen ingreso monetario.
Guardé en mi memoria todos los detalles de este artículo y continué mi camino hacia la plaza.

De camino me compré un helado mientras contemplé una mujer disfrazada de mimo de Alicia (Alicia en el país de las maravillas), la cual trataba de mantener la seriedad mientras dos niños corrían a su alrededor chillando alegres imitando escenas de la película, mientras su madre intentaba lograr una buena foto de ellos.
Más allá un violinista cautivaba al público cercano con su gran habilidad y entusiasmo de llegar con su gracia hasta aquellos pasantes menos interesados en detenerse a escucharlo.
Había señora de edad que paseaba un coche de bebés sin un bebé dentro, sino que en su lugar había un gato, envuelto en unas mantas de suaves colores y un pequeño sombrero con encajes, el cual tenía recortado minuciosamente los agujeros para las orejas. Otras señoras admiraban al gato realizando los mismos gestos de ternura y sorpresa como si el gato fuera un verdadero bebé.
En una esquina había un extranjero vendiendo joyas de plata, las cuales estaban prendidas ordenadamente sobre una sombrilla de terciopelo negro.

Olvidé la tienda, las bellas lámparas y aquel reloj, me subí al tren y me abstraje en mis sueños despiertos con la música de mis audífonos.

Llegué a casa, un departamento en un piso alto de un edificio. Saqué las llaves de mi abrigo y las metí en la cerradura. Giré el pomo y entré a lo que era mi paraíso personal.
Mi departamento era pequeño, diseñado para una persona soltera o pareja con pocas posesiones.
Una sala de estar pintada de blanco, un gran ventanal que miraba hacia un parque. Todo estaba en absoluto silencio, alejado de la vorágine de la ciudad.
Dirigí la mirada hacia la mesita de comedor y me llevé una sorpresa: Sobre ella estaba el reloj que observé en la tienda hacía una hora atrás. Estaba fuera de su caja, la cual estaba cuidadosamente puesta a un lado y abierta. El reloj estaba armado y funcionando, marcaba las 7.30 de la tarde. Tic tac. Tic tac. Un sonido apenas perceptible, pero que en aquel momento se hizo fuerte en medio del silencio de mi departamento.
Mi primer pensamiento fue de susto, ¿Estaba sola en casa?
Graciosamente tomé un cuchillo grande de la cocina y me dirigí a mi dormitorio para registrarlo. Abrí el closet, miré bajo la cama, entré al baño, corrí la cortina de la ducha… nada. No había nadie.
Mi puerta tenía doble cerradura, y solo había una persona que tenía una copia de la llave de mi casa, la cual era una amiga quien en aquel momento se encontraba de viaje.
Tomé el teléfono y llamé a mi amiga. Inmediatamente la entrevisté acerca del reloj. Me aseguró que tenía la llave junto a las suyas y que no había vuelto. Ella no había sido.

¿Cómo había llegado el reloj allí? ¿Quién entró a mi casa? ¿Cómo lo hizo?



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